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29 de octubre de 2013 - Número 133

Revolución e ilusión: efectos teórico-políticos de la Guerra del Gas de octubre de 2003 en Bolivia

Christian Jiménez Kanahuaty*

¿Qué pasaría si se cumpliesen las demandas de la agenda de octubre? Y esa pregunta tiene su reverso: ¿Será posible responder realmente a la agenda de octubre y aún así seguir en el poder?
Revolución e ilusión: efectos teórico-políticos de la Guerra del Gas de octubre de 2003 en Bolivia

Revolución e ilusión son las dos caras de un mismo proceso. Toda revolución para ser tal, necesita de la ilusión de los sujetos para convertir la utopía en realidad; para mantener en alto la bandera de la revolución. Sin ilusión ni siquiera se puede pensar un mundo mejor o una sociedad donde se participe y construyan pluralmente las políticas públicas. 

Cuando el 17 de octubre de 2003 llegaba a su fin, una atmósfera de optimismo rondaba los ánimos de los “guerreros del gas”, se había concluido una semana más que fundamental. Se daba inicio a un nuevo ciclo en la historia del país y aunque no se lo sabía entonces, ese ciclo llevaría largos años de construcción, donde el avance y el retroceso serían las maneras en que la ilusión perdida borraría cualquier posibilidad de revolución real. Las revoluciones tienen eso, pueden ser destructoras de todo un sistema políticamente organizado con el fin de poner otro en su lugar o pueden derivar –según vayan las correlaciones de fuerzas subsecuentes al levantamiento popular– en acciones reaccionarias o en el peor de los casos, en posturas conservadoras. 

Ese día conocimos con claridad “la agenda de octubre” que luego y con los años, registraríamos enunciada en cada discurso, en cada proclama y en cada acto cívico, militar y nacionalizador; como si de por sí, evocar “la agenda de octubre” recubriera de un manto de optimismo revolucionario a toda acción gubernamental. No importaba lo que se hiciera mientras se evocara esa agenda y a esos mártires. A medida que sucedía ese juego discursivo donde el pasado –la Guerra de Gas- avalaba las acciones del presente –un presente que va desde diciembre de 2005 a nuestros días-, se desgastaba el sentido de aquella posibilidad de revolución. 

Y una pregunta quedó presente indirectamente: ¿Qué pasaría si se cumpliesen las demandas de la agenda de octubre? Y esa pregunta tenía su reverso ¿Será posible responder realmente a la agenda de octubre y aún así seguir en el poder? La respuesta se ha diversificado en estos últimos años.

Lo que queda de la memoria de octubre está en el museo de la revolución. El juicio de responsabilidades aún no prospera y no hay extradición para los que determinaron vía Decreto Supremo, la acción militar en Warisata y luego en las calles de La Paz y sobre todo, en El Alto. La indemnización a las familias de las víctimas fue sólo un placebo. La Asamblea Constituyente y la Nacionalización e industrialización de los hidrocarburos ya se ha debatido, pero según el contexto instaurado por el gobierno actual y no conforme a las acciones colectivas de octubre de 2003 y menos aún, en relación a la acumulación de confrontaciones históricas que hubieron en Bolivia desde –por ponerlo en el tiempo menor– la década de los noventa. 

¿Hacia dónde fue la revolución? ¿En que se convirtió? Se encapsuló la revolución, se la vendió como discurso y se la convirtió en un fetiche. Aquello que compraron intelectuales de clase media progresista, intelectuales de izquierda que una vez más veían sus posibilidades a la vuelta de la esquina y ong que replantearon sus objetivos y propósitos para seguir “ayudando” en el “fortalecimiento” de aquellos indígenas que necesitan apoyo “técnico” para cuando llegue el tiempo de la Asamblea Constituyente o cuando les toque asumir algún cargo público en el Estado. 

La revolución se convirtió en mercancía. Casi de igual modo que las poleras estampadas con la cara del Che que los jóvenes compran pensando que al hacerlo hacen la revolución. La ilusión fue lo peor que perdimos. No perdimos la Guerra del Gas ni la lucha contra del gasolinazo, y son muy discutibles los logros, alcances y límites de la octava y novena marcha de los pueblos de tierras bajas en contra de la construcción de la carretera que unirá San Ignacio de Mojos con Villa Tunari que atravesará el tipnis. Lo que sí queda claro, es que la ilusión se ha diluido en las arenas de las luchas regionales, ideológicas (tanto entre izquierda y derecha como entre partes o facciones mejor, de la misma izquierda) y de clase. 

Unos no quieren perder sus beneficios y otros luchan por tener los beneficios que nunca tuvieron. Pero de nuevo, se pensó la revolución en términos institucionales y al hacerlo, con ayuda de los cooperantes alemanes, holandeses, españoles y norteamericanos se logró plantear la pregunta: ¿Si se logra todo lo que “ellos” demandan, dónde quedaremos nosotros? ¿Qué pasará con nosotros cuando lo logren? 

Si no nos damos cuenta de que estas preguntas encubrían un “miedo” a lo real de la historia construida palmo a palmo por hombres, mujeres y niños tanto en El Alto como en el Plan 3000 en Santa Cruz, no podremos avanzar más allá de donde hemos llegado.

Los efectos teóricos de todo este acontecer se pueden medir o verificar en dos niveles. El primero de ellos es el que se remonta a un discurso teórico-político descolonizador o decolonial, donde todo el arsenal conceptual proveniente de la revolución argelina o de la descolonización del África se puso en contra de teorías institucionales y conservadoras del hacer político y de la visualización racial. Así, se estrellaron los discursos y eso generó que se revelaran situaciones de explotación que antes o bien se mantenían invisibilizadas o se aceptaban como normales y aceptadas bajo un contrato social donde aún, en pleno siglo xx y xxi, había, indirectamente una idealización –que pasaba por planos administrativos y geográficos- de aquello que en tiempos de la Asamblea Constituyente no se cansaron de evocar: el soberano. El soberano/ciudadano aún era conceptualizado bajo criterios censitarios y según sus capacidades. 

El otro efecto dentro de lo teórico fue mucho más político, es decir, del juego de suma cero de la política. Se trataba de pensar el Estado lejos de todo lo que se había aprendido sobre el Estado. La posibilidad donde en todos de una forma unánime por un breve período de tiempo, estuvo la disponibilidad de pensar otro Estado. Otra forma administrativa y jurídica del territorio. Pero la política de salón, de los financiamientos –porque no nos engañemos; para realizar la Asamblea Constituyente se necesitó financiamiento y ese financiamiento estuvo condicionado– de los asesores, de las lecturas constitucionalistas comparadas, de la ingeniería política que encontró su límite, la carencia de imaginación para pensar una administración diferente por miedo a la comunidad internacional y su “qué dirán de nosotros”. Y cuando se demostró la posibilidad real de hacer algo nuevo, se la deslegitimó por no gozar de un principio básico de realidad y pasaron las propuestas verdaderamente revolucionarias a ser estigmatizadas como “dibujos libres”, “buenas intenciones”, “vuelos teóricos sofisticados”, “lecturas erróneas de la realidad”, “construcciones trasnochadas de personas que vivían de quimeras”, etc. La revolución que se vivió en octubre de 2003, y que tenía toda la impronta revolucionaria acumulada desde la década de los noventa se vio alterada por nuestros corsés teóricos, metodológicos y económicos. 

La agenda de octubre no sólo eran tres procedimientos técnico-administrativos a cumplir, que ciertamente necesitaban de la voluntad política para ser cumplirlos. Voluntad que no tuvo por ejemplo Carlos Mesa cuando asumió la presidencia y menos aún Rodriguez Veltzé que sólo se dedicó a quemar sus días en Palacio, esperando el tiempo de su retirada a la tranquilidad de la letra muerta que revisaba en expedientes y libros de jurisprudencia. La agenda de octubre encubría algo más. Y ese algo más era la demanda de otro Estado y de otras maneras en que el Estado se relacionara con las sociedades existentes en su interior. 

La agenda de octubre entonces, tenía una agenda bajo el manto institucional. Una agenda que apuntaba a la autodeterminación. Una agenda que apuntaba a la fuerza beligerante de las organizaciones sociales y a sus propuestas. Más allá de las relaciones internas clientelares o no, patriarcales o no, prebendales o no, lo que marcó el rumbo fue la constitución del Pacto de Unidad y todas sus propuestas no sólo apuntaban a una mejor distribución de la renta o una posibilidad (mediada por lo institucional) de decidir sobre el destino de los recursos naturales ubicados en territorio propio de comunidades indígenas o la manera en que ellas podían o no ejercer control social o elegir a sus representantes vía usos y costumbres; no sólo era eso. Había mucho más. Había la propuesta de remapear el territorio, de construir otras instituciones públicas, de gestionar vía coparticipación los recursos naturales, de establecer criterios sustanciales para la creación de diferentes y diversos cogobiernos en las distintas porciones geográficas. Pero como todo eso sonaba a desconocido, entró miedo. La política y el pensamiento político a pesar de corrientes “desbaratadoras” no pudieron ir más allá. No pudimos, ni quisimos quizá, dejar de ser neoconservadores. Nuestros intereses chocaban con los intereses de los demás. Nuestros juicios eran contrarios a los juicios de los demás. 

Pero, paradójicamente, lo que nos marcaba la agenda de octubre era rebasar ese límite. Dejar de pensar en esa dicotomía entre “lo mío” – “lo tuyo”. La agenda de octubre, nos dejó a muchos de nosotros la idea de que algo más se podía hacer. La posibilidad de que lo real aún estaba por hacerse. Que el Estado no había satisfecho nuestras necesidades básicas y que todos éramos una suma de perdedores. Habíamos perdido dentro del laberinto neoliberal todo lo que éramos y teníamos. Y lo peor de todo es que irónicamente, nos aferrábamos a esas muletillas descarnadamente, mintiéndonos a nosotros mismos, permitiendo que impostaran su discurso para ser aceptados y decir que sí, que estaban a favor del “cambio”. Pero no de la revolución. Y ya se sabe que para el cambio sólo basta un nuevo color, poner cortinas donde antes había persianas, poner un escudo más al blasón militar, ejemplos sobran. Pero de eso no están hechas las revoluciones. 

La cob, la csutcb, la conamaq, la cidob –por nombrar las más importantes–, se encontraron a su vez con aquello que siempre habían deseado, pero todas lo querían a la vez, y como es de suponer, sólo se perjudicaron entre sí. Recibiendo cada una de ellas, solamente una pequeña parte de lo que de verdad les correspondía. Cuando el Pacto de Unidad se constituyó, por un breve tiempo se olvidaron las diferencias, pero luego se individualizó la lucha. Cada quién buscaba la satisfacción de sus intereses y luego se vio que el tiempo político no podía satisfacer a todas las organizaciones al unísono. Por ello se reactivaron las protestas. Por ello ciertos dirigentes aparecieron de la noche a la mañana ejerciendo cargos públicos de elevada jerarquía, por ello muchos dirigentes salieron en la televisión y en la prensa defendiendo el “proceso de cambio”; por eso muchas organizaciones indígenas, campesinas y sociales encontraron su declive. Por eso, para los opositores de siempre fue fácil ingresar en ellas y tomar jefaturas y secretarías para hacer dentro de aquellas organizaciones reformas que también iban a la larga a satisfacer sus propios intereses, intereses de clase, claro está. 

Nos equivocamos eso es evidente. Nos equivocamos al poner todo el arsenal de la revolución en las manos del partido político. Pensamos que la representación política sólo debía estar ahí porque ya habíamos tenido la ingrata experiencia del desastre de las Agrupaciones Ciudadanas y de Los Pueblos Indígenas; el partido que asumió la responsabilidad, con el tiempo y las elecciones, pasó a ser un partido atrapa-todo, sin importarle mucho sus estrategias, ideologías en juego y tácticas políticas; y de nuevo nos volvimos a equivocar en delegar todo a los representantes cuando tuvo su tiempo la Asamblea Constituyente y así pasó en varias otras oportunidades. Pero como prueba de descargo deberíamos también decir que estábamos marcados por el signo de nuestro tiempo. Que la democracia aún estaba y aún está orientando nuestras acciones; la democracia representativa nos enseñó muy bien quiénes eran y bajo qué condiciones funcionaban los sujetos de la representación política en el país. Pusimos toda la representación en una sola canasta, una sola fórmula que pensamos que representaría a la pluralidad bajo un esquema donde justamente la pluralidad se ve reducida a un porcentaje anecdótico. El voto proporcional, la distribución de escaños, mayorías-minorías; todo aquél contenido de la cultura política y del sistema electoral aún nos dicen que son las únicas formas de construir representación/representatividad en el país. 

Si hubiéramos creído o al menos hubiéramos sido consecuentes con el legado de octubre de 2003, nos habría espantado la forma partido. Recurrir a otras formas era lo que cabía. Las organizaciones sociales estaban en su mejor momento y si bien no eran un mar de calma, sino que en su interior también se jugaban espacios de poder, al menos habría ocurrido que la revolución se materializara en y desde distintos escenarios y arenas de disputa. 

Octubre de 2003 será el lugar privilegiado desde el cual se observará lo que se hizo hasta ahora y lo que se hace en este momento. Los efectos recién empiezan a nombrarse y visibilizarse y aunque algunos cientistas sociales necesiten (para publicar sus libros sobre la mutación del campo político o la fisonomía plurinacional desde el punto de vista de las relaciones de organizaciones sociales con el gobierno –que para fines metodológicos, lo reducen a las relaciones con el partido de gobierno– o los límites de la administración de lo público en una formación social como la boliviana, o finalmente, para decir campantes que nos hace falta la gestión racional del conflicto para construir una cultura de paz que sea lo común para resolver los conflictos), sólo un párrafo sobre la “guerra del gas” para avalar sus supuestos. El tema no está agotado y no es tan fácil reducir la realidad a un esquema de sentido, restándole contenido político. 

Si se piensa en una revolución que no sólo cambie el adjetivo del Estado, la apuesta por la revolución, debe dejar de ser entendida sólo como la superación del capitalismo o la lucha contra la colonización, sino que debe aglutinar todas las formas de lucha porque de cada una de ellas se ha construido en la historia, y no sólo boliviana, sino latinoamericana, la explotación, dominación y subordinación de aquellos que se piensa sólo como proveedores de materias primas, fuerza de trabajo barata y cuerpos fáciles.

Quizá el verdadero objetivo de octubre de 2003 no haya sido la consolidación de la agenda de octubre como un imaginario político. Eso es lo que quisimos entender por fines operativos y técnicos. La Guerra del Gas de 2003, nos impulsaba a pensar otro tipo y otra forma de articulación social. Es decir, nombrar al Estado con otras palabras, en principio porque sólo se respetaría la geografía pero dentro de esa geografía los límites político-administrativos se borrarían y se mapearía una nueva división territorial y en segundo lugar, porque no se pensaba un nuevo Estado con las aún vigentes instituciones propias del viejo Estado. Es, entonces, la posibilidad de pensar otra forma de institucionalidad, más allá de la burocracia-representativa, porque si bien se habla ahora de formas participativas de hacer política, éstas aún no gozan ni de la legitimidad ni de la claridad de funciones y alcances como la representativa que se ha convertido en el eje ordenador de la identidad. Porque es justamente a partir de la democracia representativa que se organiza, representa, reduce y legitima la identidad, todo tipo de identidad. 

¿Qué pasaría si pensamos otras instituciones, complejas, participativas, territorialmente incluyentes y diferenciadas? ¿Qué tipo de forma política podemos pensar que no sea el Estado? ¿Existe? ¿O es que solamente nuestra historia está condenada a realizar el mismo procedimiento de ensanchamiento de la participación, esperando resultados diferentes? Y finalmente, ¿estamos a tiempo de hacer eso realmente en el plano de la política o sólo sería uno más de los juegos teóricos a los que nos tienen acostumbrados las abstractas reflexiones teórico-políticas?, es decir, ¿no será otra ilusión más o es más bien, esa la apuesta concreta por la Revolución?

*Escritor.

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